
Momo, ese libro. Un tanto fantasioso, pero, a la vez, atrayente, te engulle. Creo que fue uno de los primeros libros que leí, si no el primero, y ya casi lo tenía olvidado. Olvidé muchas de las frases que me gustaron tanto, supongo, que por tantas cosas que han pasado en estos años. A pesar de contar un historia muy sencilla y con final que quizás algunos podrían predecir, lo hace de tal manera, que comprendes por qué sucede cada cosa, y, le das la razón, porque la tiene, en cada frase que dice. De hecho, no recordaba que subrayé frases del libro, esas frases que os digo que olvidé. Pero ahí estaban, subrayadas, y ahora tienen mucho más valor que antes.
El libro cuenta la historia de Momo, una niña pobre, huérfana, de pocas palabras, desaliñada, con un chaquetón más grande que ella, vagabunda. Pero tiene un don que no todos tenemos aunque pensemos que si: saber escuchar. Ella no cuenta cosas. Escucha. Escucha de tal forma, que hace que otros encuentren sus soluciones, gente pobre e ignorante resuelve sus problemas, sólo con contárselos, y verlos reflejados en su cara.
Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar. Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad.


