04 abril 2013

Mi boquita de oro

No me gusta meterme en problemas, y creo que es algo normal. Intento medir lo que hago y digo, para no molestar y no dañar a la gente. Intento tomarme las cosas a broma, y reírme. Lo que menos quiero en esta vida es tener enemigos o gente que me mire con mala cara, porque bastantes han habido ya, mucho menos quiero que tengan razones para sentirse mal conmigo o por mi culpa. Pero hay veces, como hoy, que algo se escapa y me asusto de mi mismo.

Entonces, al ver que algo que hago molesta, intento corregirme cuanto antes. Intento reducir lo máximo posible lo que pueda haber roto, intento cerrar la herida de esa gente a la que ofendo sin querer. Pero es difícil, muy difícil.


Aunque intente dar a entender que ha sido un error, que es un malentendido, que pretendía ser broma o que quería dar a entender otra cosa con lo que pueda hacer, no siempre logro hacer entender que de verdad me siento culpable por haber molestado sin ser mi intención. Quizás, hago demasiado hincapié cuando el problema aún está caliente, y por eso no puedo parar el daño.

Pienso mucho sobre cómo hablar estas cosas. Pienso mucho sobre cómo soy capaz de caer de nuevo en esos fallos, y aún más en qué idea doy tras haberlos tenido y qué clase de persona tienen en mente sobre mi. Pienso que aunque no vea que he hecho algo mal, los demás lo ven mal. Pienso que una disculpa no basta, y que debo compensar.

Lo único que veo posible hacer es seguir intentando sonreír y ayudar en lo posible, como forma de equilibrar la balanza, añadiendo un poco de utilidad. Quizás lo intento hacer demasiado rápido, quizás deba dar tiempo a que las cosas se arreglen un poco por si mismas. Pero por desgracia, más que arreglar, el tiempo desgasta y ahonda más los malos pensamientos: por eso el único que puede hacer algo soy yo mismo.


Me gustaría saber comportarme de otra manera en esas y otras tantas situaciones, pero no quiero extender más esta entrada. Mañana será otro día. Mañana intentaré ser mejor para los demás.