La navidad es la época de los reencuentros. De que la familia esté junta y unida, de estar con quienes aprecias, de pasarlo bien y pensar que, en unos días, el año terminará y tendremos uno nuevo en el que empezar. Es la época en la que los niños esperan con ganas regalos de esa mentira que les contamos siempre, esa conspiración que llamamos Reyes Magos y Papá Noel. Esa es la teoría.
Por desgracia, a medida que pasan los años, la Navidad suele volverse más y más gris. Al menos, para mi. No sólo porque una noche te despiertas y descubres que tus familiares son quienes ponen esos regalos que antes creías mágicos (aunque ya lo sospechabas y sabías desde los 6 años), sino porque, una noche, te despiertas, ya más mayor, y recuerdas que esas personas no volverán.

Vienvenidos a mi caveza, una vez más, con v. Porque si, porque me ha dado por escribirlo mal.
Sin dobles sentidos, ni idioteces, ni mensajes subliminales, como siempre.
Personas, como mis abuelas, como algunos tíos, como gente a la que por desgracia quería, que, ya sea por
la distancia, por discusiones estúpidas, por problemas con
fácil solución y cabezonerías, o el simple y doloroso hecho de que
están muertos, no podrán estar en casa en Navidad, ni tú podrás estar en la suya.
¿Es eso el destino de cada Navidad? Es fácil creer en una palabra así, "destino", cuando vives bien, y más en estas fechas. Agradeces a esa fuerza que escribe tu vida, por buscar una explicación a lo bueno. Supongo, que cuando va mal en este tiempo, también culpamos a esa palabra de lo malo. Pero, más concretamente, pensamos en
destino cuando creemos que no merecemos lo que tenemos, sea
bueno, o
malo. O quizás, la pensamos como algo kármico, como si tras pasar por algo
increíble (bueno o malo), mereciésemos lo contrario.