20 diciembre 2011

Destino

La navidad es la época de los reencuentros. De que la familia esté junta y unida, de estar con quienes aprecias, de pasarlo bien y pensar que, en unos días, el año terminará y tendremos uno nuevo en el que empezar. Es la época en la que los niños esperan con ganas regalos de esa mentira que les contamos siempre, esa conspiración que llamamos Reyes Magos y Papá Noel. Esa es la teoría.

Por desgracia, a medida que pasan los años, la Navidad suele volverse más y más gris. Al menos, para mi. No sólo porque una noche te despiertas y descubres que tus familiares son quienes ponen esos regalos que antes creías mágicos (aunque ya lo sospechabas y sabías desde los 6 años), sino porque, una noche, te despiertas, ya más mayor, y recuerdas que esas personas no volverán.

Vienvenidos a mi caveza, una vez más, con v. Porque si, porque me ha dado por escribirlo mal.
Sin dobles sentidos, ni idioteces, ni mensajes subliminales, como siempre.


Personas, como mis abuelas, como algunos tíos, como gente a la que por desgracia quería, que, ya sea por la distancia, por discusiones estúpidas, por problemas con fácil solución y cabezonerías, o el simple y doloroso hecho de que están muertos, no podrán estar en casa en Navidad, ni tú podrás estar en la suya.

¿Es eso el destino de cada Navidad? Es fácil creer en una palabra así, "destino", cuando vives bien, y más en estas fechas. Agradeces a esa fuerza que escribe tu vida, por buscar una explicación a lo bueno. Supongo, que cuando va mal en este tiempo, también culpamos a esa palabra de lo malo. Pero, más concretamente, pensamos en destino cuando creemos que no merecemos lo que tenemos, sea bueno, o malo. O quizás, la pensamos como algo kármico, como si tras pasar por algo increíble (bueno o malo), mereciésemos lo contrario.



En estas fechas (como a la mayoría supongo) me invaden los recuerdos de lo que ha pasado en este año, tanto bueno, como malo. Pero de eso, hablaré cuando termine el año. Me come esa sensación de querer volver atrás, muy atrás, y cambiar todo en mi pasado. Quizás sea nostalgia de tiempos en los que mis únicas preocupaciones eran jugar a la consola y cuidar de mi perro, tiempos en los que sufría por un entorno que era cruel conmigo, pero un tiempo en el que podría cambiar las cosas. Me nublo, observando todo ese mal que sucedió, me ciego, casi masoca, como si creyese que pensando y dando soluciones a momentos horribles que no pude vencer podré ir y repararlo.

Pienso egoístamente, en venganza, la solución más simple al dolor, ¿pero de qué serviría ahora?. Sólo me convertiría en algo odioso. Es en esos momentos en los que confirmo que esos años deben desaparecer, y no tienen arreglo. Que ese mote que tuve, sigue hoy día hablándose, entre esas personas que hicieron al chico tras el apodo tan infeliz, quizás porque el chico lo quiso, no supo ser fuerte cuando debió. Pero ese mote y todo lo que conlleva, tanto personas, como vivencias y pensamientos, debe desaparecer. Porque yo sé, las amistades fuertes que estoy consiguiendo saben, que no soy ese chico del que se habla tan mal, del que sale una risa floja al escuchar su nombre y mote. Es por eso, por imposible de cambiar, por inútil y dolorosa, que esa parte de mi y ese pasado, deben ser, no olvidados, pero si superados por lo que soy ya.



Por esa razón, entre tantas otras y una más importante, huí. ¿De qué? De mi mismo podríamos decir, y para ello, destruí el contacto con el origen de gran parte de ese pasado y que continuamente hacía que se volviese presente. Huí de gente odiosa que no me aportaba nada, y agradezco a todo lo que me motivó a hacerlo.

Ahora, sin esa carga a la que llamé amigos en un tiempo (gravísimo error), y con ese pasado cada día más superado, me permito vivir como quiero. Me dejo ver cosas que me gustan de verdad, vestir como me gusta, ir a mi estilo sin depender de su visión, escuchar mi música sin miedo a opiniones, leer lo que me gusta, ya sea mangas o libros, sin preguntarme si alguno de ellos me observará y me dañará o insultará por ello. Lleno ese vacío social con nuevas amistades mejores, y viejas que antes no supe apreciar. Decido, trabajo, estudio, vivo, busco mi método, y funciona, al menos, por ahora.

Agradezco a lo que me hizo querer ser valiente, querer mejorar, querer ser feliz. No hay manera de decirlo, sin que una lágrima de alivio absoluto recorra mi ojo izquierdo. Quizás, el destino en estas navidades, siga siendo el mismo que la del resto de navidades, ver que todo se va perdiendo, más y más, y mi familia se reduce.

Pero creo, que quitando esta época amarga, el destino para mi no existe. Estoy creándolo, yo mismo. Día a día, paso a paso, me he fijado un rumbo que creo el correcto y pienso seguirlo. Mi meta está clara.

Me toca mover.